El día que Dios lloró
En vista de que se acercaban
los Dos Mil Años
de haber enviado a su Hijo
a redimir la Humanidad
Dios quiso venir en persona
a constatar in situ
cómo andaban las cosas.
Como Él es todo buena fe
eligió el mejor país del momento,
el que había logrado en diez años,
gracias a su presidente y cardenal,
paz interna y paz externa
y en el que se encontraban varios
de los que quería entrevistar.
Eran cuarenta y nueve
los selectos convocados del mundo,
líderes de los diversos
saberes, cargos y quehaceres
materiales y espirituales,
además de siete Niños
para la recepción y despedida.
Primero llegaron los Niños,
todos de un blanco inmaculado,
hicieron la venia al Señor,
tomaron el lugar del coro
y con un himno celestial
coparon el recinto luminoso,
austero pero acogedor.
Empezaron a llegar los asistentes,
encabezados por los caudillos
del país anfitrión,
vestidos con sus mejores galas,
mas ante el resplandor del Divino
íbanse convirtiendo en desnudas
y nigérrimas siluetas.
Arremolinábanse en vez de entrar.
Adelantándose Dios hacia la entrada
exigió ¡Pasen! y aparecieron
cinco siluetas blancas y dos grises
(jóvenes Down y viejos Artistas),
enseguida la mayoría oscura
como escondiéndose detrás.
Llamó a los buenos a su diestra
y los llenó de esplendor.
Sentóse compungido un buen rato
y lloró de dolor y vergüenza ajena.
Paróse y con acento grave sentenció:
¡Nadie es Humano por sabio sino por Bueno,
para salvarte basta tu Buen Corazón!
El anciano
hizo sentir su contrariedad y,
conturbado por el desasociego,
desapareció....
(Diciembre, 1 999)







